miércoles, 12 de junio de 2013

La declaración de Amalia Mercader sobre la desaparición de su hijo Carlos

El segundo vuelo del Cóndor

A los 91 años, Mercader declaró desde Uruguay en el juicio por los crímenes cometidos en el marco del plan represivo coordinado por las dictaduras latinoamericanas. Su hijo, Carlos Rodríguez Mercader, estuvo en Automotores Orletti.

 Por Alejandra Dandan

Amalia Mercader es una mujer uruguaya, de 91 años, que hasta hace pocos años seguía yendo a la ronda de las madres uruguayas como podía, incluso en silla de ruedas. Nadie sabía en Buenos Aires si iba a lograr acercarse hasta el Consulado argentino en Montevideo para declarar por la desaparición de su hijo Carlos Rodríguez Mercader. Pero lo hizo. Durante la mañana pegó su cara a la pantalla que la trasladó a los tribunales de Comodoro Py. Habló y recordó más de lo que pensaban seguramente los abogados defensores, porque fueron muchas de sus preguntas, algunas molestas, las que activaron los recuerdos. Estaba respondiendo una de esas preguntas cuando recordó el momento en el que apareció un cuerpo en Uruguay. “Yo fui con mi bastón, convencida de que era el cuerpo de mi hijo”, dijo Amalia. “Es una cosa tan íntima, han aparecido ya varios y en esos momentos a muchas nos pasa que creemos que son nuestros hijos. Cuando veía alguien como mi hijo en la calle salía corriendo, daba vueltas, miraba y decía: ‘No es’. Pero me preguntaba, ¿cómo será mi hijo en este momento? ¿Estará calvo? ¿Tendrá bigotes? ¿Ventanas en el pelo? ¿Usará lentes? ¿Habrá tenido accidentes? Pero estaba convencida, estoy convencida, de que cuando lo vea voy a decir: ‘Ese es el cuerpo de mi hijo’, porque las madres sabemos tanto de nuestros hijos que hasta sabemos cómo son por adentro. Creo que cualquier madre reconocería a su hijo.”

El juicio por los crímenes del Plan Cóndor avanza en esta primera etapa en la reconstrucción de las historias de los uruguayos desaparecidos en Argentina. Carlos Rodríguez Mercader también atravesó lo que sucedió con gran parte de ellos. Integrantes de distintas organizaciones del Uruguay, perseguidos ahí, viajaron a refugiarse en Argentina a partir del golpe en su país. Acá se nuclearon en el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Algunos fueron secuestrados, pasaron por el centro clandestino Automotores Orletti. Otros fueron llevados ilegalmente a Montevideo en un primer vuelo del que la mayoría sobrevivió. Ese fue el eje del primer juicio oral que se hizo en Argentina por las víctimas uruguayas. En el proceso que se realiza ahora, en el marco y contexto del Cóndor, también se investiga a los responsables de lo que se llama “el segundo vuelo”, en octubre de 1976. Algunos lo llaman el “vuelo de la muerte”, porque casi no hubo sobrevivientes.

Amalia cree que a su hijo lo trasladaron en ese momento. Ayer contó que un juez se lo dijo en Buenos Aires, le explicaron que aparentemente a Carlos lo secuestraron tres días antes del vuelo. Cuando en la sala, uno de los jueces del tribunal le agradeció su testimonio y se dispuso a despedirla, ella se quedó hablando como quien necesita seguir. “Les agradezco también a ustedes lo que puedan hacer por la verdad –dijo–, la memoria del pueblo uruguayo está convencida de que el vuelo de la muerte se hizo. Muchas gracias. Perdón por las preguntas que no pude responder, pero la edad me lo impide.”

Carlos había militado en la Resistencia Obrera Estudiantil (ROE). Se instaló en Argentina e integró el PVP. Estaba casado. Martín Rico, abogado querellante por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, explicó que muchos de los uruguayos estaban viviendo en casas en la provincia de Buenos Aires, con muy pocos contactos con sus familias. “Estuvo en Argentina en distintas oportunidades”, dijo su madre. “No recuerdo la fecha precisa. Vivía en la Argentina, se quedaba a veces en casa de gente conocida, amigos suyos, se ve que con alguna misión. En aquel momento yo no pensaba que mi hijo era realmente un revolucionario, era muy maduro, pero a uno le parece siempre que sus hijos son chicos, si bien los quiere ver crecer y no quiere que se equivoquen, siempre los ve como niños.”

La fiscalía le preguntó a Amalia por la trayectoria política de Carlos en Uruguay, que es un modo de establecer dos cosas: que en su país ya eran perseguidos, que se vinieron a la Argentina por esa situación y que acá continuaron siendo perseguidos, ahora en una coordinación de las dos fuerzas represivas. ¿Tenía trayectoria gremial? “No le sabría decir, pero llevaba en el alma la política”, respondió la mujer. Las dos veces que ella viajó a verlo, “me dijo que no le dijera absolutamente nada a nadie”. Y cierta vez escuchó la voz de Carlos, que la llamó a Montevideo. “Mi hijo me dice: ‘Mamá, como la otra vez, no digas a nadie, mirá que la situación está peor que antes. Pero vení. Espero, te espero. Venite pero no digas nada a nadie’. Nos encontramos. No sé si era la una o dos de la tarde. Y lo que me va quedando es lo que me había dicho en la conversación: que no hiciera ningún gesto, que no caminara hacia él, que me quedara quieta. Si pasaba cerca mío y se iba era porque no me podía ver. Me había dicho: ‘Si me vigilan no te saludo’. Bueno, cuando me vio, cruzó la calle y me dio un beso que nunca me voy a olvidar.” No se vieron más que un momento. “Me dijo que me volviera. Me pidió por favor que me cuidara, que la cuidara a su hermana y que no fuera a actuar en política.”

Esa fue la última vez que Amalia lo vio. Años después, entrando a un juzgado, en Buenos Aires, supo que su hijo había estado posiblemente en Orletti. “Y que con seguridad lo habían traído para Montevideo en lo que nosotros llamamos segundo vuelo. La verdad es que se me cayeron las lágrimas a pesar de que trato de ser muy fuerte”, explicó. “Y el juez que me atendía me dijo que hacía tres días que lo habían llevado a Orletti, que era casi seguro que lo habían traído porque habían vaciado Orletti y todos los que estaban fueron a Montevideo.”

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